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Industry y succession: ¿la complejidad se ha diluido?

La última temporada de Industry, en HBO Max, me ha dejado una sensación agridulce. No es una crítica fácil, sino una reflexión sobre la evolución de las narrativas complejas en la televisión. ¿Estamos perdiendo la capacidad de intriga que definía a series como The Wire?

¿Dónde quedó la sutileza en las narrativas complejas?

¿Dónde quedó la sutileza en las narrativas complejas?

La pregunta surgió tras analizar los últimos episodios de la serie sobre el mundo financiero londinense. En ciertos momentos, la atmósfera me recordó a las temporadas más recientes de Succession. Ambas series, en sus inicios, eran ejemplos de cómo construir tramas intrincadas, dejando preguntas sin respuesta, diálogos ambiguos y una banda sonora que amplificaba los estados mentales de los personajes. Era como si, al principio, los personajes se esforzaran por encajar en roles que no les correspondían, revelando su verdadera naturaleza con cada interacción.

Recuerdo cuando The Wire, esa joya televisiva, nos enseñó que la complejidad no necesita artificios. Su ritmo era denso, pero fluido, con una gran cantidad de personajes que se entrelazaban en una historia sorprendentemente fácil de seguir. La profundidad no se imponía, sino que emergía de las conversaciones, de la cotidianidad, de la observación meticulosa. David Simon, su creador, incluso animaba a los guionistas a escribir escenas “como lo haría Shakespeare”. Hoy en día, echo de menos esa sutileza, esa confianza en la inteligencia del espectador.

La música ya no es un acompañamiento discreto, sino un golpe directo al pecho cuando un personaje “piensa”. Se nos explica demasiado, se nos indica lo que debemos sentir. La serie ya no confía en que el espectador adulto pueda descifrar la complejidad por sí mismo.

¿Qué pasó? La respuesta, quizás, reside en la búsqueda de un impacto inmediato, en la necesidad de “vender” la serie. Pero la verdadera complejidad, la que perdura en el tiempo, se construye con paciencia, con matices, con la certeza de que el espectador es capaz de conectar los puntos. Y eso, lamentablemente, parece haberse perdido en el camino.

La cifra habla por sí sola: la proliferación de series de “alta calidad” que, a pesar de sus ambiciones, no logran conectar con el público de manera profunda. Quizás la verdadera complejidad no se encuentra en la cantidad de giros argumentales, sino en la capacidad de generar resonancia emocional en el espectador. Y eso, hoy en día, parece ser un lujo que pocas series pueden permitirse.

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